Por qué queremos ser segundos, no primeros

Un grupo de jóvenes estudiantes de un instituto tecnológico muy reconocido, alrededor de 80 divididos en 10 grupos, acababan de llenar un salón de clases temprano en la mañana. No es un curso convencional, por lo menos no en ese tipo de organización educativa. No hay procedimientos químicos, electrónicos o con maquinaria pesada que deban hacer, ni exposiciones teóricas acerca de aquello que estudian y en lo que, casi sin duda, van a destacar dado el prestigio de su formación.
Se trata de innovar, inventar, dejar que fluya la creatividad. Las dinámicas de grupo y los ejercicios vivenciales, las provocaciones y lo inesperado predominan en las tres primeras reuniones. El espíritu es positivo, el ambiente auspicioso. Se recrean con los estímulos planteados por los coordinadores e intervienen, inicialmente con algo de timidez, pidiendo de vez en cuando permiso para ir a los servicios higiénicos pero de manera alegre y constructiva.
Adivinanzas, videos, comerciale ocurrentes, cuestionamientos a aquello que todos damos por sentado y asumimos como evidente, bromas y reflexiones se suceden. Los participantes no ocultan su satisfacción por una libertad que ellos no asocian con formación profesional pero que les parece refrescante, por lo menos para variar, como condimento.
La clase anterior cada grupo ha debido analizar la billetera de uno de sus miembros, poner en el balance pros y contras y finalmente, usar un par de pliegos de cartulina, tijera y goma, para proponer un prototipo que sea diferente, útil y creativo. El encargo para la próxima vez es poner un nombre al grupo, un nombre a la billetera creada y hacer un comercial con el fin de presentarla al público.
Uno de los coordinadores da inicio a la clase y pregunta cuál de los grupos quiere exponer primero. Silencio. Silencio pesado. Las miradas están en cualquier parte menos donde se encuentran los profesores.
Algunas sonrisas confundidas y algo artificiales se esbozan. La cosa no cambia a pesar de las palabras motivantes, de las bromas. Todos se las arreglan para pasar desapercibidos.
Inmediatamente pienso que no han hecho la tarea, que están ganando tiempo para salir del paso, que se disponen a improvisar, que una vez que se termine el orden, probablemente de manera vertical, vamos a ser testigos de la irresponsabilidad, la falta de compromiso, la mediocridad, la desidia, la ley del menor esfuerzo.
Pregunto quién quiere ser el segundo, y de manera espontánea, buena parte de la clase levanta la mano. Inmediatamente estalla una carcajada que permite que alguien sea voluntario para estrenar un trabajo. De todas formas les ha costado.
Pero más me cuesta a mí procesar lo que viene: todos los grupos traen una memoria flash o DVD que contiene un comercial, un testimonio, una explicación, y todos muestran que ha preparado con cuidado, que han creado de manera original, que han invertido tiempo y energías en producir un resultado interesante.
Cada presentación se desarrolla con un aplauso del resto de los alumnos y cuando el último ha hecho la suya, pasamos a reflexionar sobre la experiencia en su conjunto. Lo que la facilitó, lo que la obstaculizó, las razones por las que casi todos los nombres de los grupos y de las billeteras son anglosajones, lo que tienen en común los prototipos de billetera, lo que los diferencia, etcétera.
Pero no puedo evitar comentarles el contraste entre la impresión que crearon con su renuencia a ocupar el espacio del primero que expone, con su dificultad para mostrarse con orgullo, con su tendencia a esperar que otros sean los primeros, y el valor de lo que produjeron. Y, entonces, pudimos preguntarnos si en nuestro país no son muchas las creatividades que se frustran, se pasman, se diluyen o neutralizan porque todos queremos ser los segundos.
Quizá reflexionar sobre ello fue el mayor logro de esa clase.
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Imagen: Psychology Fitness
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