El siguiente es un extracto del libro “God Is Not a Christian: And Other Provocations” de Desmond Tutu, premio Nobel de la paz 1984, y se refiere a un foro en Gran Bretaña en donde Tutu se dirigió a líderes de diferentes religiones en 1989.

Cuentan la historia de un borracho que cruzó la calle y abordó a un peatón, preguntándole: “dishculpe, ¿cuál esh el otro lado de la calle?”. El peatón, perplejo, le respondió “¡ese lado, por supuesto!”. El borracho dijo: “Qué exshtraño. Cuando eshtaba en eshe lado, me dijeron que era eshte”.

Donde está el otro lado de la calle depende de dónde estemos nosotros. Nuestra perspectiva cambia en relación a nuestro contexto y a las cosas que han ayudado a formarnos. La religión es una de las más fuertes de esas influencias formativas, ayudando a determinar cómo y qué retenemos de la realidad y cómo operamos en nuestro contexto específico.

Mi primer punto parece sobrecogedoramente sencillo: que los accidentes del nacimiento y la geografía determinan sobremanera a qué fe pertenecemos. Es muy grande la probabilidad de que si has nacido en Pakistán seas musulmán, de que si seas hindú si has nacido en India, o sintoísta si naciste en Japón, o cristiano si naciste en Italia. No sé a qué conclusión significativa podríamos llegar a partir de este hecho -tal vez que no deberíamos sucumbir tan fácilmente a la tentación de reclamar la exclusividad y la verdad absoluta  para nuestra fe en particular. Fácilmente podrías haber sido adherente de aquella fe que ahora estás denigrando si no fuera por el hecho de que naciste aquí en vez de allí.

Mi segundo punto es el siguiente: no se debe insultar a los adherentes de otras creencias sugiriendo, como a veces ha pasado, que por ejemplo cuando eres un cristiano los creyentes de otras religiones realmente son cristianos sin saberlo. Debemos reconocerlos por quienes son en su integridad, con las creencias que asumieron conscientemente; debemos darles la bienvenida y respetarlos por lo que son y caminar con reverencia en lo que para ellos es su tierra sagrada; sacarnos los zapatos, metafórica y literalmente hablando. Debemos sostener nuestras creencias particulares y peculiares tenazmente, sin pretender que todas las religiones sean las mismas, porque claramente no lo son. Debemos estar listos para aprender uno del otro, sin reclamar que sólo nosotros poseemos toda la verdad y que de alguna manera acaparamos a Dios.

Debemos reconocer, humilde y gozosamente, que la divina y sobrenatural realidad a la que todos le rendimos culto de una forma u otra trasciende todas nuestras categorías tradicionales de pensamiento e imaginación, y que dado que esa divinidad -sea como sea que se le llame, se le conciba o se le rinda culto- es infinita y nosotros no, nunca la comprenderemos completamente. Por tanto, debemos buscar compartir todos los conocimientos que podamos y estar listos para aprender, por ejemplo, de las técnicas de vida espiritual de otras religiones además de la nuestra. Es interesante que la mayoría de religiones tengan un punto de referencia trascendente, un mysterium tremendum, que viene a ser conocido cuando se digna revelarse a la humanidad; que la realidad trascendente es compasiva y preocupada; que los seres humanos somos creación de este ser supremo, realidad supra mundane de alguna manera, con un gran destino que busca traducirse en una vida eterna en cercana asociación con esta divinidad, sea como absorbida sin distinción entre creador y creado, entre la divinidad y lo humano o en una intimidad maravillosa que mantenga todavía la distinción entre esos dos órdenes de la realidad.

Cuando leemos los textos clásicos de varias religiones en materia de oración, meditación y misticismo, encontramos una convergencia sustancial, y eso el algo de lo que nos tenemos que regocijar. Tenemos ya suficiente de lo que conspira para separarnos; permitámonos celebrar aquello que nos une, aquello que tenemos en común.

Seguramente es bueno saber que Dios (en la tradición cristiana) nos creó a todos (no sólo a los cristianos) a Su imagen, invistiéndonos así de un valor infinito, y que fue con toda la raza humana que Dios realizó una alianza, representada en el pacto con Noé cuando Dios prometió que no destruiría su creación nuevamente con el agua. Podemos regocijarnos que la palabra eterna, el Logos de Dios, ilumina a todos -no sólo a los cristianos, sino a todo aquel que viene al mundo; que aquello que llamamos el Espíritu de Dios no es propiedad cristiana, sino que existió mucho antes que hubieran cristianos, inspirando y desarrollando a los hombres y las mujeres en los caminos de la santidad, llevándolos a buen término, llevando a buen término lo que era mejor en todos. Escatimamos justicia y honor a nuestro Dios si queremos, por ejemplo, negar que Mahatma Ghandi fue de verdad un alma grandiosa, un hombre santo que caminó cercanamente con Dios. Nuestro Dios sería muy pequeño si no fuera también el Dios de Ghandi: si Dios es uno, como creemos, entonces Él es el Dios único de toda su gente, sea que lo reconozcan como tal o no. Dios no nos necesita para protegerlo. Varios de nosotros quizás tenemos nuestra idea de Dios profundizada y expandida. Se dice con frecuencia, medio en broma, que Dios creó al hombre a su propia imagen y el hombre devolvió el favor encasillando a Dios en sus propios prejuicios estrechos y en su exclusividad, en sus debilidades y sus caprichos temperamentales. Dios sigue siendo Dios, tenga quien le rinda culto o no.

Esta misión en Birmingham a la cual he sido invitado es una celebración cristiana, y aclamaremos a Cristo como Dios único y como el Salvador del mundo, esperando vivir nuestras creencias de tal manera que nos ayuden a merituar nuestra fe de manera efectiva. Sin embargo, nuestra conducta frecuentemente contradice nuestra fe. Se supone que proclamamos a un Dios de amor, pero hemos sido culpables como cristianos de fomentar el odio y la sospecha; alabamos a aquel al que llamamos Príncipe de la Paz, y como cristianos hemos peleado en más guerras que las que podemos recordar. Hemos proclamado ser una comunidad de compasión, cuidado y fraternidad, pero como cristianos frecuentemente santificamos sistemas sociopolíticos que demuestran que ello es falso, donde el rico se vuelve aún más rico y el pobre se vuelve más pobre, donde parecemos santificar una competitividad furiosa e implacable que sólo puede ser apropiada para la jungla salvaje.

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(Huffington Post)
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